En un intento por probar la tecnología de imitación de voz, orquesté una llamada a mi padre mientras intentaba imitar mi propia voz utilizando una aplicación de deepfake. Al principio, me preguntaba si él podría discernir que la voz al otro lado de la línea era una recreación artificial y no la mía. La voz imitada lo saludó y preguntó por su bienestar. Sin embargo, cuando titubeó en responder, rápidamente se dio cuenta de que algo no estaba bien.
"¿Qué es eso, Gaby?", preguntó, dándose cuenta al instante de que la voz no coincidía completamente con la mía. Tras revelarle mi intención de engañarlo, comentó: "No sonó nada como tú. Era como un robot". Esta experiencia iluminó las principales limitaciones de las tecnologías actuales de deepfake de voz, especialmente cuando se trata de interacciones en tiempo real.
Aunque mi intento estuvo lejos de ser perfecto, resaltó las posibles trampas de las herramientas de imitación de voz, especialmente en entornos donde hay ruido de fondo e interrupciones, como salir a cenar con amigos. Enfrenté desafíos con la calidad de la llamada y los retrasos de audio que obstaculizaban la conversación. El ejercicio ilustró que, aunque los deepfakes de voz están evolucionando, todavía luchan con los matices de la comunicación cotidiana. En general, la única manera de abordar eficazmente el auge de los deepfakes es involucrarse directamente con la tecnología, creando nuestras propias contramedidas matizadas.

